Reproducimos un artículo publicado el día de hoy en la Nación en homenaje a Ana María Tato

http://www.nacion.com/2013-01-15/Opinion/ana-maria-tato---madre-de-los-parques-nacionales-de-costa-rica-.aspx

 

Ana María Tato: “Madre de los Parques Nacionales de Costa Rica”

Su partida nos deja un vacío, mas su legado perdurará indefinidamente

 

ÁLVARO UGALDE, FUNDADOR DEL SERVICIO DE PARQUES NACIONALES y CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ, EXMINISTRO AMBIENTE Y ENERGÍA 12:00 A.M. 15/01/2013

Este pasado 28 de diciembre del 2012 murió quien fue reconocida como la “Madre de los Parques Nacionales de Costa Rica”, la licenciada Ana María Tato Guillén, quien contribuyó apasionadamente y de forma silenciosa a la protección de nuestro invaluable capital natural, dejando un legado perdurable a Costa Rica, su patria de adopción, habiendo nacido en España.

Conocimos a Ana María hace ya varias décadas cuando ocupó en 1977 la nueva plaza de directora legal del recién creado Servicio de Parques Nacionales en aquel entonces dentro del Ministerio de Agricultura y Ganadería. Como abogada forjó, conjuntamente con Mario Boza y el suscrito Álvaro Ugalde, la institución administradora del Sistema de Parques Nacionales de Costa Rica, ahora reconocido mundialmente, pero también formó en la academia e inspiró una gran generación de abogados ambientalistas en el país.

Como compañeros de trabajo de Ana María podemos decir sin temor a equivocarnos que sin ella nunca hubiéramos alcanzado los logros consumados en la conservación de los bosques y la vida silvestre del país. La creación, manejo y consolidación de los parques nacionales y muchas otras áreas silvestres protegidas, se debió al temple, firmeza, profesionalismo y pasión de Ana María.

Fue la primera profesional en derecho que se dedicó a la conservación compartiendo causa y penurias con biólogos, geógrafos, forestales y guardaparques. Se dedicó al desarrollo de la originaria legislación ambiental, los procesos de compra de tierra, resolución de conflictos de tenencia de tierra, pero, sobre todo, generó una valiosísima jurisprudencia administrativa que da el sustento jurídico a la sana operación y manejo de nuestras áreas protegidas.

Conocía de nombre a todos los guardaparques y hasta a todas las personas cuyos terrenos fueron afectados por la creación de las áreas protegidas; su consejo tuvo siempre el oído atento de todos los ministros del ramo.

Creemos que Ana María Tato pudo escribir todo un libro de anécdotas, experiencias y aventuras ya que su paso por la función pública estuvo repleto de material histórico y anecdótico. Su trato sencillo y humano generó respeto de sus compañeros, pero también de muchos ciudadanos y políticos. Su gestión legal en la Asamblea Legislativa o en el Consejo de Gobierno fue crucial en muchas oportunidades cuando la integridad de los parques estuvo amenazada. Su excelente gestión sirvió para que ella fuera asesora informal de muchos diputados/as de muchas legislaturas.

Recordamos una diligencia delicada que se le encomendó en el Parque Nacional Tortuguero, donde un par de precaristas se había metido ilegalmente. Los señores de apellido Mola, creyendo intimidarla, salieron a su encuentro vestidos solo por los cueros que Dios les dio. “¿Qué se le ofrece, señora diputada?”, le dijeron, y de pronto salieron corriendo a cubrir sus pellejos, cuando Ana María les contestó: “Qué diputada ni qué mi abuela, primero cúbranse sus verguenzas y luego salgan de aquí porque, si no, los voy a meter a la cárcel”. Problema solucionado con rapidez y eficiencia, como todo lo que ella hacía.

A diferencia de muchos abogados en la administración pública que de buenas a primera indican que esto o aquello “no se puede hacer”, Ana María siempre buscó y encontró un camino legal para cumplir con el mandato de la ley y las políticas, pero también para impartir justicia y solucionar complejas situaciones jurídicas con finqueros, campesinos y empresarios afectados con la creación de los parques nacionales.

Sin su ayuda, el país no hubiera resuelto el problema de los oreros en Corcovado. Así que, cuando a mediados de los 80 los oreros estaban acampando, en son de protesta, en el Parque Central de San José, Ana María pasó por la acera de enfrente y creyó que fue reconocida por los protestantes quienes gritaban: “Agárrenla y jálenle el pescuezo, por allá va, jálenle el pescuezo”. Sin mirar y aterrada de semejante amenaza a su vida, Ana María aceleró el paso y se metió en una zapatería probándose decenas de pares de zapatos, creyendo así despistar a los oreros . Al rato, cuando tuvo el valor de volver a salir de la zapatería, se dio cuenta de que los oreros estaban corriendo detrás de una gallina para desplumarla para el almuerzo.

Su partida nos deja un vacío difícil de superar, pero su legado perdurará indefinidamente. Hoy, cuando la mayoría de sus compañeros de trabajo se pensionan y una nueva generación de guardaparques y profesionales en la conservación ingresan al fabuloso trabajo de la conservación de nuestro patrimonio natural, su memoria será motivo de inspiración y ejemplo.

Paz a sus restos, resignación a sus familiares y amigos. La patria le agradecerá infinitamente a esta ejemplar funcionaria pública sus enormes y desinteresados servicios.